lunes, abril 06, 2026

El camionero errante

 

El día era luminoso, La carretera, estaba particularmente concurrida mientras la brisa agitaba los árboles. El conductor, camionero no por vocación si no por tradición, sumido en sus pensamientos, no percibió el camión que se desvió de su carril, solo sintió el impacto, ese instante en que la vida parece cometer un error y decide enmendarlo de forma trágica.

 Tras la colisión, se encontró en un limbo donde se sentía como si no existiese, habitando un profundo abismo vacío. El paisaje era difuso, descolorido, quieto; la carretera parecía plegarse sobre sí misma, el tiempo pareció detenerse, su vista parecía nublada y todo se sentía extrañamente leve. El pasado había desaparecido, no recordaba el ayer, sus recuerdos eran como fogonazos que, por breves instantes, iluminaban su memoria.

Avanzaba por la ruta como un cuerpo vacío, extrañamente leve, como si estuviese a punto de flotar; se sintió un ser que vivía, pero no existía, carente de esencia. Sonidos distantes, voces lejanas, aparecían como destellos: un ruido metálico, un grito, un instante congelado. Él intentaba unirlos, pero la lógica se le escapaba. Y en esa realidad aletargada, solo estaba el paisaje, el silencio y la carretera que a veces le parecía infinita.   

Al principio, creyó que estaba en un sueño, todo le pareció fascinante. El choque había quedado atrás como un recuerdo borroso, y de pronto descubrió que podía aparecer en cualquier carretera del mundo. Un día rodaba por la interestatal de Estados Unidos, con sus rectas interminables y sus luces de neón que estaban ahí, pero no brillaban; otro día, bajo un cielo inmenso y helado, atravesaba las estepas rusas sin sentir frio; más tarde se encontraba recorriendo las autopistas europeas, entre túneles y viaductos que se sucedían como escenas oníricas.

Era como un privilegio extraño: viajar sin gasolina, sin peajes, sin fronteras. Se sentía dueño de una libertad absoluta, capaz de estar en todas partes, de recorrer el mundo sin detenerse. Durante un tiempo, esa omnipresencia le pareció casi genial, como si hubiera sido elegido para un destino superior.

Pero la euforia se fue apagando. los dias no se sucedían, solo eran sensaciones, el tiempo se percibía detenido. Los paisajes cambiaban, sí, pero la sensación era siempre la misma: avanzar sin destino. La diversidad de carreteras no compensaba la ausencia de propósito. La repetición lo desgastaba. La libertad se revelaba como prisión; pero, lo que más le acongojaba era la soledad absoluta, el ruido sin eco, las luces sin reflejo; la llamada que nadie responde.

El volante en sus manos era símbolo de control, pero, comprendió que no dirigía nada: la ruta lo llevaba, y él sólo era arrastrado por un impulso sin origen. El tiempo se había disuelto; no había ayer ni mañana, solo un presente perpetuo que lo envolvía como una niebla.

Con el tiempo se percató que siempre volvía al lugar inicial. A la carretera conocida, esa que recorrió tantas veces, con sus baches, sus letreros, sus bifurcaciones y su paisaje. Muchas veces pasó por el mismo sitio sin detenerse jamás.

Y así, cada kilómetro se convirtió en una meditación. La cabina era su templo, su cárcel y su espejo. El silencio del mundo le devolvía una certeza inquietante: que la eternidad no es plenitud, sino repetición. La carretera se convirtió en símbolo de su vacío: movimiento perpetuo, un viaje que no era vida, sino condena.

Se preguntó si su situación era castigo o error. Tal vez la vida lo había olvidado, tal vez la muerte lo había rechazado. En ese limbo, lo único real era la pregunta misma: ¿Qué queda de un hombre cuando su viaje no tiene fin?”

Agotado, se sintió expulsado de la vida y no aceptado por la muerte; solo, aferrado a una esperanza diminuta, buscó el descanso. Ya no quería rodar eternamente. Quería detenerse, su esperanza era salir del sueño, volver a la vida que intuía lejana y ajena; salir de esa pesadilla de reiteraciones; en aquel momento, la muerte, antes negada, apareció como posibilidad de liberación. En ciertos instantes de lucidez, el motor se apagaba y la carretera se disolvía bajo sus ruedas; en la bóveda celeste, las estrellas se extinguían y le llegaba una oscuridad acogedora, tal si la redención estuviera cerca.

Desesperadamente necesitaba saber su destino verdadero. ¿Rodar eternamente, condenado a la repetición? ¿O desvanecerse al fin, aceptando la muerte como epilogo? La carretera no respondió. Solo le devolvió la inquietud, la misma que acompaña a todo ser humano: vivir es avanzar sin certeza, preguntando siempre, en cada instante, ¿qué soy?...

Nunca sabremos si la muerte lo acogió en su reino o la vida lo reclamó para sí, o tal vez, siga rodando eternamente; Aunque, a veces, cuando me detengo en las posadas y converso con otros choferes, algunos me han relatado que en ciertas ocasiones se han cruzado con un vehículo  de forma difusa y color indefinido, casi inmaterial y que han sentido un desasosiego extraño y una presencia turbadora que algunos describían  como si una ola de desesperanza inundara de desaliento sus corazones, lo que a menudo atribuían al ambiente monótono de la carretera. Otros, sentían un irrefrenable deseo de llegar a casa y otros profundamente desanimados, presas de un cansancio existencial más que físico, se detenían más adelante y abrazados al volante caían en sollozos. Para aquellos pocos que lograban vislumbrar el vehículo en la penumbra, la visión era como mirar un espejo opaco, sin reflejo, una manifestación de la insondable profundidad de la nada que los dejaba anonadados.

sábado, marzo 28, 2026

Vita Inanis

 

Debo decir que hoy, es un día más en mi rutina como asistente de enfermería. Como cada día, al caer la noche, inicio mi ronda diaria visitando a los huéspedes de la casa. Cuando digo "casa", me refiero a una residencia para ancianos. Como mencionaba, empiezo mi ronda y visito a cada uno de los veinte hospedados que me han asignado. Es una tarea que vengo realizando desde hace varios meses; estoy en esto mientras encuentro un trabajo mejor. Confieso que no es mi vocación cuidar de los mayores, debido a mi total carencia de empatía y a que lo que estudié difiere radicalmente de esto. En efecto, soy contadora.

 

Por eso, no soy muy querida por los residentes a quienes atiendo con una solicitud comedida y distante. Eso sí, debido a mi formación, trato de hacer mi trabajo con responsabilidad y dedicación. En mi recorrido, siempre intercambio palabras con los ancianos que atiendo, preguntas como "¿Cómo se encuentra?" o "¿Cómo amaneció hoy?". Hago estas preguntas con la secreta esperanza de que mi interlocutor no se explaye demasiado y sea breve. Algunos residentes contestan con amabilidad, otros con displicencia y algunos no contestan; en una ocasión alguien me dijo: “¿A usted le importa?”. Estuve a punto de responder que no, que me importaba un bledo, pero me contuve. Así ha pasado el tiempo y he ido conociendo las diferentes formas en que cada uno lleva su vida. Algunos la llevan con sana alegría, mientras que otros con amargura; otros con indolencia y algunos con resignado abandono.

 

No he podido empatizar con ninguno, aunque siento cierta simpatía por unos pocos (los que son amables conmigo). Por eso, porque siempre me pareció una persona distantemente amable, el señor Wilfred Staint ha contado con mi atención un tanto preferencial. A sus ochenta y dos años, este ex marinero inglés, nacido en Escocia, pero, de padres ingleses, se encuentra en inmejorable estado de salud y lucidez. En los últimos tres meses que lo he atendido, hemos iniciado una relación que no sabría describir; es una relación basada en mi interés nacido de la curiosidad, pues este señor, a pesar de su frialdad, es un conversador ameno y divertido, por lo que es un placer escucharle.

 

En una de nuestras tertulias, me relató una historia extraña e inquietante que aún, después de un tiempo, recuerdo. Me contó que, en una de sus travesías, allá por finales de 1915, en plena guerra, cuando asechaban los primeros submarinos y era escalofriante encontrarse con un acorazado alemán, estando de viaje en la ruta de Cartagena a Bilbao en el *Alma del Tronador*, un barco de carga y pasajeros en el que él era el segundo de a bordo, le tocó asistir a un parto.

 

Viajaba en camarote de segunda clase una dama holandesa, de unos treinta años, mujer robusta, que, acompañada de su esposo, un hombre algo mayor, estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo. En la enfermería, débilmente iluminada por una candela, estábamos el médico, la enfermera, el esposo y yo, todos en silencio, tratando de no perder el equilibrio. El médico de a bordo, un joven de escasa experiencia, típico de los médicos que contratan las navieras para ahorrar costos ofreciendo el valor del pasaje como remuneración a cambio de sus servicios, comenzó las labores de parto.

 

El parto fue complicado, ya que el feto venía en mala posición y ademas; ese día el Atlántico estaba particularmente agitado, y el barco se bamboleaba a cada empuje de las olas, que se empeñaban en hacerlo naufragar; la lluvia arreciaba afuera y el viento aullaba sobre las olas, mientras que adentro se sentía el crujir del barco.  El médico, tras mucho trabajo, pudo acomodar al feto, enderezarlo y tomarlo de la cabeza; la parturienta, con gran esfuerzo y dolor, pujaba con fuerza. Finalmente, el médico extrajo al feto, cortó con pericia el ombligo y, sin mirar, lo suturó.

 

Entonces, la enfermera se acercó al bebé para auscultarlo, le miró los ojos y lanzó una exclamación de asombro: algo extraño, inquietante; un profundo abismo vacío había en la mirada del bebé. La enfermera soltó al bebé y retrocedió anonadada; algo misterioso hacía que el recién nacido se viera como un bulto vacío, como si algo le faltara para ser plenamente humano. En ese momento, todos sentimos un desasosiego extraño, algo que no sabría describir; similar al temor, mezclado con cierta repulsión y perplejidad que atribuí al ambiente lúgubre, al olor a oxido del barco, la humedad, el ruido de los fierros al crujir, y la presencia turbadora del bebe. El niño nació, es cierto, pero, se sintió como si no existiese. La madre, adolorida y sangrante, se acercó a la criatura y la abrazó con la ternura de las madres que abrazan a sus retoños al nacer. En aquel instante, pude ver cómo su rostro reflejó la angustia que sintió cuando entró en pugna su instinto maternal y la aversión inconsciente y enigmática que le produjo el contacto con el hijo. Confundida y exhausta, una lágrima rodó por sus mejillas y, con un profundo suspiro, se desmayó.

 

El esposo y yo intercambiamos una mirada entre asombrada y temerosa, sin comprender lo que pasaba. En la penumbra, el médico, revisó al niño. Este no se movía, no lloraba; era como si le faltara algo. El vacío de su mirada era como mirar un espejo oscuro, sin reflejo. En la penumbra, era un ser que vivía, pero no existía, sin impulso vital, sin ánimo, sin voluntad. La criatura respiraba inmóvil, no lloraba, y un silencio opresor emanaba de ella. Por un instante, me miró; un escalofrío recorrió mi espalda: en su mirada pude ver la insondable profundidad de la nada y pude colegir que no tenía alma. Aún hasta hoy, me persigue esa mirada, sin vida, sin esperanza, sin futuro…

Transcurrido un tiempo, el infante, como si nunca hubiera querido estar aquí, como si renunciase a vivir, o como si la vida hubiera cometido un error y quisiera enmendarlo negándole su impulso, comenzó a desvanecerse. El padre, desolado y atónito; la enfermera asustada a punto de llorar, la madre aun ensangrentada y desvanecida y el médico esforzándose por mantener al bebé con vida, contribuían a crear una atmósfera sombría en la que todos éramos testigos de su agonía. Al expirar, fue como si la muerte le hubiese devuelto su humanidad y ahí recién dejamos de sentir temor, se fue la repulsión y pude contemplar el triste cadáver de un niño.

El anciano, dejó de hablar y entró en un profundo mutismo, absorto en sus cavilaciones como si el pasado le llamara. Me retiré en silencio, tratando de analizar lo que había oído. Me decía a mí misma que era inconcebible que Dios pudiera olvidar a alguien y hacerle nacer sin alma, o tal vez no había un alma disponible para él. Desde aquel día, he llegado a pensar que quizás la vida se equivoque, no obstante, ¿puede el cielo cometer errores?

domingo, enero 04, 2026

Sentido de la vida

 

Nada tiene sentido. 

Buscarlo solo engendra angustia. 

La vida no explica, 

solo se vive, 

es torrente que fluye 

hacia la nada.

 

 

Es rica porque es fugaz. 

Si fuese eterna, 

sería condena: 

un río sin océano, 

un instante sin fin, 

un sentido perdido.