viernes, septiembre 11, 2026

La Huida

 


Estoy huyendo. Alguien, aún indefinido, me persigue. No sé quién es ni qué desea, sólo sé que me persigue. Una premonición me revela que es una amenaza. Un escalofrío sube por mi espinazo y atenaza mi pecho. Trato de controlarme, apuro el paso y, sin mirar atrás, camino varias cuadras. Ahora ya estoy en la estación. Corro. No sé hacia dónde. El andén aparece como un espejismo. El tren espera, inmóvil, como si supiera que lo necesito. Se ve vacío. Subo. El vagón está desierto. Miro por la ventanilla y compruebo que nadie ha abordado. Asumo que soy el único pasajero y eso me tranquiliza un poco: quizá mi perseguidor no ha alcanzado a subir y se ha quedado en el andén.

Lentamente, como una serpiente cansada, el tren comienza a desplazarse. Y ahora ya va veloz. Miro hacia el exterior: los árboles, los prados, las casas pasan vertiginosos, cual espectros, frente a mis ojos.

El vagón desocupado parece suspendido en el espacio, como si el tiempo se hubiese detenido. Toda la atmósfera tiene una sensación de levedad e ingravidez, y de atenazadora soledad. Tengo la impresión de que el carro se estira, se desdobla levemente, y hacia cualquier lado que mire todo aparece desenfocado. El ruido de las ruedas me llega lejano, y su rítmico traqueteo tiene un efecto hipnótico y adormecedor.

Sentado en uno de los sillones, siento como si el líquido relajante de una anestesia recorriera mis venas. Entro en ese limbo en que no sé si estoy en un sueño o despierto. Miro por la ventanilla y compruebo que el tren no se detiene en ninguna estación: mis ojos las ven pasar raudamente. Los rieles se curvan en un paisaje difuminado. Trato de ver la locomotora, pero el tren es tan vasto y los vagones se suceden infinitamente que resulta imposible alcanzarla.

Me despabilo. No puedo soportar la atmósfera y decido explorar los otros vagones. El primero que encuentro está desierto. En el segundo, varios viajeros. Eso me alegra y me quita la sensación de desamparo. La atmósfera del carro es idéntica a la del anterior. Constato con desconcierto que todos los viajeros traen una mirada huidiza y una actitud temerosa, como si quisieran escapar de algo. Viajan en silencio, absortos en sus pesares. No intercambian palabra entre ellos. Al pasar junto al último del vagón, me murmura, a modo de advertencia, que tenga cuidado al cambiar de carro. Lo miro y tengo la certeza de que huye del mismo perseguidor del que yo huyo. Veo en su mirada el cansancio de una vida de pesares y pocas alegrías.

Entonces, miro hacia el fondo del pasillo que ya recorrí y veo una figura difusa, informe, casi ilusoria. Nada en ella parece amenazante, pero me infunde un temor irrefrenable. El viajero frente a mí voltea y otea en la misma dirección. Su rostro delata el miedo que la aparición le provoca. Todo el vagón se inquieta, como una manada de gacelas cuando aparece el depredador. Luego, todos corremos despavoridos hacia el vagón siguiente.

Pero el tren no termina nunca. Cada puerta abre otra puerta, cada pasillo conduce a otro pasillo. La figura avanza tras nosotros, cual pastor que arrea su ganado. Intento describirla, pero las palabras se me escapan: no tiene forma, no tiene nombre. El tren sigue avanzando, sin estaciones, sin destino. Y corremos, y corremos. Entonces, entiendo todo. Ya sin esperanza, me detengo… la figura se me acerca.


miércoles, abril 15, 2026

El ascensor

 

El hombre, apremiado, con el tiempo justo para llegar, presiona el botón del ascensor. Espera un instante. La puerta se abre con un gemido metálico, entra, marca el piso 21. La puerta se cierra. El aire se espesa. Una vibración lejana recorre el suelo, como si el edificio entero respirara.

Los números comienzan a desfilar: 1, 2, 3… cada cifra tarda una eternidad en aparecer. El hombre siente que el tiempo se estira, que el ascensor no sube, sino que lo arrastra hacia un lugar sin nombre.

De pronto, una sacudida. El ascensor se detiene. La puerta se abre. El hombre lanza un grito: frente a él no hay pasillo, ni piso 21. Solo un vacío inmenso. Cae.

Mientras desciende, ve la estela de un cohete alejándose, sólo, en la inmensidad del espacio, lamenta que no podrá llegar a tiempo.


lunes, abril 06, 2026

El camionero errante

 

El día era luminoso, La carretera, estaba particularmente concurrida mientras la brisa agitaba los árboles. El conductor, camionero no por vocación si no por tradición, sumido en sus pensamientos, no percibió el camión que se desvió de su carril, solo sintió el impacto, ese instante en que la vida parece cometer un error y decide enmendarlo de forma trágica.

 Tras la colisión, se encontró en un limbo donde se sentía como si no existiese, habitando un profundo abismo vacío. El paisaje era difuso, descolorido, quieto; la carretera parecía plegarse sobre sí misma, el tiempo pareció detenerse, su vista parecía nublada y todo se sentía extrañamente leve. El pasado había desaparecido, no recordaba el ayer, sus recuerdos eran como fogonazos que, por breves instantes, iluminaban su memoria.

Avanzaba por la ruta como un cuerpo vacío, extrañamente leve, como si estuviese a punto de flotar; se sintió un ser que vivía, pero no existía, carente de esencia. Sonidos distantes, voces lejanas, aparecían como destellos: un ruido metálico, un grito, un instante congelado. Él intentaba unirlos, pero la lógica se le escapaba. Y en esa realidad aletargada, solo estaba el paisaje, el silencio y la carretera que a veces le parecía infinita.   

Al principio, creyó que estaba en un sueño, todo le pareció fascinante. El choque había quedado atrás como un recuerdo borroso, y de pronto descubrió que podía aparecer en cualquier carretera del mundo. Un día rodaba por la interestatal de Estados Unidos, con sus rectas interminables y sus luces de neón que estaban ahí, pero no brillaban; otro día, bajo un cielo inmenso y helado, atravesaba las estepas rusas sin sentir frio; más tarde se encontraba recorriendo las autopistas europeas, entre túneles y viaductos que se sucedían como escenas oníricas.

Era como un privilegio extraño: viajar sin gasolina, sin peajes, sin fronteras. Se sentía dueño de una libertad absoluta, capaz de estar en todas partes, de recorrer el mundo sin detenerse. Durante un tiempo, esa omnipresencia le pareció casi genial, como si hubiera sido elegido para un destino superior.

Pero la euforia se fue apagando. los dias no se sucedían, solo eran sensaciones, el tiempo se percibía detenido. Los paisajes cambiaban, sí, pero la sensación era siempre la misma: avanzar sin destino. La diversidad de carreteras no compensaba la ausencia de propósito. La repetición lo desgastaba. La libertad se revelaba como prisión; pero, lo que más le acongojaba era la soledad absoluta, el ruido sin eco, las luces sin reflejo; la llamada que nadie responde.

El volante en sus manos era símbolo de control, pero, comprendió que no dirigía nada: la ruta lo llevaba, y él sólo era arrastrado por un impulso sin origen. El tiempo se había disuelto; no había ayer ni mañana, solo un presente perpetuo que lo envolvía como una niebla.

Con el tiempo se percató que siempre volvía al lugar inicial. A la carretera conocida, esa que recorrió tantas veces, con sus baches, sus letreros, sus bifurcaciones y su paisaje. Muchas veces pasó por el mismo sitio sin detenerse jamás.

Y así, cada kilómetro se convirtió en una meditación. La cabina era su templo, su cárcel y su espejo. El silencio del mundo le devolvía una certeza inquietante: que la eternidad no es plenitud, sino repetición. La carretera se convirtió en símbolo de su vacío: movimiento perpetuo, un viaje que no era vida, sino condena.

Se preguntó si su situación era castigo o error. Tal vez la vida lo había olvidado, tal vez la muerte lo había rechazado. En ese limbo, lo único real era la pregunta misma: ¿Qué queda de un hombre cuando su viaje no tiene fin?”

Agotado, se sintió expulsado de la vida y no aceptado por la muerte; solo, aferrado a una esperanza diminuta, buscó el descanso. Ya no quería rodar eternamente. Quería detenerse, su esperanza era salir del sueño, volver a la vida que intuía lejana y ajena; salir de esa pesadilla de reiteraciones; en aquel momento, la muerte, antes negada, apareció como posibilidad de liberación. En ciertos instantes de lucidez, el motor se apagaba y la carretera se disolvía bajo sus ruedas; en la bóveda celeste, las estrellas se extinguían y le llegaba una oscuridad acogedora, tal si la redención estuviera cerca.

Desesperadamente necesitaba saber su destino verdadero. ¿Rodar eternamente, condenado a la repetición? ¿O desvanecerse al fin, aceptando la muerte como epilogo? La carretera no respondió. Solo le devolvió la inquietud, la misma que acompaña a todo ser humano: vivir es avanzar sin certeza, preguntando siempre, en cada instante, ¿qué soy?...

Nunca sabremos si la muerte lo acogió en su reino o la vida lo reclamó para sí, o tal vez, siga rodando eternamente; Aunque, a veces, cuando me detengo en las posadas y converso con otros choferes, algunos me han relatado que en ciertas ocasiones se han cruzado con un vehículo  de forma difusa y color indefinido, casi inmaterial y que han sentido un desasosiego extraño y una presencia turbadora que algunos describían  como si una ola de desesperanza inundara de desaliento sus corazones, lo que a menudo atribuían al ambiente monótono de la carretera. Otros, sentían un irrefrenable deseo de llegar a casa y otros profundamente desanimados, presas de un cansancio existencial más que físico, se detenían más adelante y abrazados al volante caían en sollozos. Para aquellos pocos que lograban vislumbrar el vehículo en la penumbra, la visión era como mirar un espejo opaco, sin reflejo, una manifestación de la insondable profundidad de la nada que los dejaba anonadados.