Debo decir que hoy, es un día más en mi
rutina como asistente de enfermería. Como cada día, al caer la noche, inicio mi
ronda diaria visitando a los huéspedes de la casa. Cuando digo
"casa", me refiero a una residencia para ancianos. Como mencionaba,
empiezo mi ronda y visito a cada uno de los veinte hospedados que me han
asignado. Es una tarea que vengo realizando desde hace varios meses; estoy en
esto mientras encuentro un trabajo mejor. Confieso que no es mi vocación cuidar
de los mayores, debido a mi total carencia de empatía y a que lo que estudié
difiere radicalmente de esto. En efecto, soy contadora.
Por eso, no soy muy querida por los
residentes a quienes atiendo con una solicitud comedida y distante. Eso sí,
debido a mi formación, trato de hacer mi trabajo con responsabilidad y
dedicación. En mi recorrido, siempre intercambio palabras con los ancianos que
atiendo, preguntas como "¿Cómo se encuentra?" o "¿Cómo amaneció
hoy?". Hago estas preguntas con la secreta esperanza de que mi
interlocutor no se explaye demasiado y sea breve. Algunos residentes contestan
con amabilidad, otros con displicencia y algunos no contestan; en una ocasión
alguien me dijo: “¿A usted le importa?”. Estuve a punto de responder que no,
que me importaba un bledo, pero me contuve. Así ha pasado el tiempo y he ido
conociendo las diferentes formas en que cada uno lleva su vida. Algunos la
llevan con sana alegría, mientras que otros con amargura; otros con indolencia
y algunos con resignado abandono.
No he podido empatizar con ninguno, aunque
siento cierta simpatía por unos pocos (los que son amables conmigo). Por eso,
porque siempre me pareció una persona distantemente amable, el señor Wilfred
Staint ha contado con mi atención un tanto preferencial. A sus ochenta y dos
años, este ex marinero inglés, nacido en Escocia, pero, de padres ingleses, se
encuentra en inmejorable estado de salud y lucidez. En los últimos tres meses
que lo he atendido, hemos iniciado una relación que no sabría describir; es una
relación basada en mi interés nacido de la curiosidad, pues este señor, a pesar
de su frialdad, es un conversador ameno y divertido, por lo que es un placer
escucharle.
En una de nuestras tertulias, me relató una
historia extraña e inquietante que aún, después de un tiempo, recuerdo. Me
contó que, en una de sus travesías, allá por finales de 1915, en plena guerra,
cuando asechaban los primeros submarinos y era escalofriante encontrarse con un
acorazado alemán, estando de viaje en la ruta de Cartagena a Bilbao en el *Alma
del Tronador*, un barco de carga y pasajeros en el que él era el segundo de a
bordo, le tocó asistir a un parto.
Viajaba en camarote de segunda clase una
dama holandesa, de unos treinta años, mujer robusta, que, acompañada de su
esposo, un hombre algo mayor, estaba a punto de dar a luz a su segundo hijo. En
la enfermería, débilmente iluminada por una candela, estábamos el médico, la
enfermera, el esposo y yo, todos en silencio, tratando de no perder el
equilibrio. El médico de a bordo, un joven de escasa experiencia, típico de los
médicos que contratan las navieras para ahorrar costos ofreciendo el valor del
pasaje como remuneración a cambio de sus servicios, comenzó las labores de
parto.
El parto fue complicado, ya que el feto
venía en mala posición y ademas; ese día el Atlántico estaba particularmente
agitado, y el barco se bamboleaba a cada empuje de las olas, que se empeñaban
en hacerlo naufragar; la lluvia arreciaba afuera y el viento aullaba sobre las
olas, mientras que adentro se sentía el crujir del barco. El médico, tras mucho trabajo, pudo acomodar
al feto, enderezarlo y tomarlo de la cabeza; la parturienta, con gran esfuerzo
y dolor, pujaba con fuerza. Finalmente, el médico extrajo al feto, cortó con
pericia el ombligo y, sin mirar, lo suturó.
Entonces, la enfermera se acercó al bebé
para auscultarlo, le miró los ojos y lanzó una exclamación de asombro: algo
extraño, inquietante; un profundo abismo vacío había en la mirada del bebé. La
enfermera soltó al bebé y retrocedió anonadada; algo misterioso hacía que el
recién nacido se viera como un bulto vacío, como si algo le faltara para ser
plenamente humano. En ese momento, todos sentimos un desasosiego extraño, algo
que no sabría describir; similar al temor, mezclado con cierta repulsión y
perplejidad que atribuí al ambiente lúgubre, al olor a oxido del barco, la humedad,
el ruido de los fierros al crujir, y la presencia turbadora del bebe. El niño
nació, es cierto, pero, se sintió como si no existiese. La madre, adolorida y
sangrante, se acercó a la criatura y la abrazó con la ternura de las madres que
abrazan a sus retoños al nacer. En aquel instante, pude ver cómo su rostro
reflejó la angustia que sintió cuando entró en pugna su instinto maternal y la
aversión inconsciente y enigmática que le produjo el contacto con el hijo.
Confundida y exhausta, una lágrima rodó por sus mejillas y, con un profundo
suspiro, se desmayó.
El esposo y yo intercambiamos una mirada
entre asombrada y temerosa, sin comprender lo que pasaba. En la penumbra, el médico,
revisó al niño. Este no se movía, no lloraba; era como si le faltara algo. El
vacío de su mirada era como mirar un espejo oscuro, sin reflejo. En la
penumbra, era un ser que vivía, pero no existía, sin impulso vital, sin ánimo,
sin voluntad. La criatura respiraba inmóvil, no lloraba, y un silencio opresor
emanaba de ella. Por un instante, me miró; un escalofrío recorrió mi espalda:
en su mirada pude ver la insondable profundidad de la nada y pude colegir que
no tenía alma. Aún hasta hoy, me persigue esa mirada, sin vida, sin esperanza,
sin futuro…
Transcurrido un tiempo, el infante, como si
nunca hubiera querido estar aquí, como si renunciase a vivir, o como si la vida
hubiera cometido un error y quisiera enmendarlo negándole su impulso, comenzó a
desvanecerse. El padre, desolado y atónito; la enfermera asustada a punto de
llorar, la madre aun ensangrentada y desvanecida y el médico esforzándose por
mantener al bebé con vida, contribuían a crear una atmósfera sombría en la que
todos éramos testigos de su agonía. Al expirar, fue como si la muerte le
hubiese devuelto su humanidad y ahí recién dejamos de sentir temor, se fue la
repulsión y pude contemplar el triste cadáver de un niño.
El anciano, dejó de hablar y entró en un
profundo mutismo, absorto en sus cavilaciones como si el pasado le llamara. Me
retiré en silencio, tratando de analizar lo que había oído. Me decía a mí misma
que era inconcebible que Dios pudiera olvidar a alguien y hacerle nacer sin
alma, o tal vez no había un alma disponible para él. Desde aquel día, he
llegado a pensar que quizás la vida se equivoque, no obstante, ¿puede el cielo cometer
errores?