El hombre, apremiado, con el tiempo justo para llegar, presiona el botón del ascensor. Espera un instante. La puerta se abre con un gemido metálico, entra, marca el piso 21. La puerta se cierra. El aire se espesa. Una vibración lejana recorre el suelo, como si el edificio entero respirara.
Los números comienzan a desfilar: 1, 2, 3… cada cifra tarda una eternidad en aparecer. El hombre siente que el tiempo se estira, que el ascensor no sube, sino que lo arrastra hacia un lugar sin nombre.
De pronto, una sacudida. El ascensor se detiene. La puerta se abre. El hombre lanza un grito: frente a él no hay pasillo, ni piso 21. Solo un vacío inmenso. Cae.
Mientras desciende, ve la estela de un cohete alejándose, sólo, en la inmensidad del espacio, lamenta que no podrá llegar a tiempo.

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