El día era luminoso, La carretera, estaba particularmente
concurrida mientras la brisa agitaba los árboles. El conductor, camionero no
por vocación si no por tradición, sumido en sus pensamientos, no percibió el
camión que se desvió de su carril, solo sintió el impacto, ese instante en que
la vida parece cometer un error y decide enmendarlo de forma trágica.
Tras la colisión, se
encontró en un limbo donde se sentía como si no existiese, habitando un
profundo abismo vacío. El paisaje era difuso, descolorido, quieto; la carretera
parecía plegarse sobre sí misma, el tiempo pareció detenerse, su vista parecía
nublada y todo se sentía extrañamente leve. El pasado había desaparecido, no
recordaba el ayer, sus recuerdos eran como fogonazos que, por breves instantes,
iluminaban su memoria.
Avanzaba por la ruta como un cuerpo vacío, extrañamente
leve, como si estuviese a punto de flotar; se sintió un ser que vivía, pero no
existía, carente de esencia. Sonidos distantes, voces lejanas, aparecían como
destellos: un ruido metálico, un grito, un instante congelado. Él intentaba
unirlos, pero la lógica se le escapaba. Y en esa realidad aletargada, solo
estaba el paisaje, el silencio y la carretera que a veces le parecía infinita.
Al principio, creyó que estaba en un sueño, todo le pareció
fascinante. El choque había quedado atrás como un recuerdo borroso, y de pronto
descubrió que podía aparecer en cualquier carretera del mundo. Un día rodaba
por la interestatal de Estados Unidos, con sus rectas interminables y sus luces
de neón que estaban ahí, pero no brillaban; otro día, bajo un cielo inmenso y
helado, atravesaba las estepas rusas sin sentir frio; más tarde se encontraba
recorriendo las autopistas europeas, entre túneles y viaductos que se sucedían
como escenas oníricas.
Era como un privilegio extraño: viajar sin gasolina, sin
peajes, sin fronteras. Se sentía dueño de una libertad absoluta, capaz de estar
en todas partes, de recorrer el mundo sin detenerse. Durante un tiempo, esa
omnipresencia le pareció casi genial, como si hubiera sido elegido para un
destino superior.
Pero la euforia se fue apagando. los dias no se sucedían,
solo eran sensaciones, el tiempo se percibía detenido. Los paisajes cambiaban,
sí, pero la sensación era siempre la misma: avanzar sin destino. La diversidad
de carreteras no compensaba la ausencia de propósito. La repetición lo
desgastaba. La libertad se revelaba como prisión; pero, lo que más le acongojaba
era la soledad absoluta, el ruido sin eco, las luces sin reflejo; la llamada
que nadie responde.
El volante en sus manos era símbolo de control, pero,
comprendió que no dirigía nada: la ruta lo llevaba, y él sólo era arrastrado
por un impulso sin origen. El tiempo se había disuelto; no había ayer ni
mañana, solo un presente perpetuo que lo envolvía como una niebla.
Con el tiempo se percató que siempre volvía al lugar
inicial. A la carretera conocida, esa que recorrió tantas veces, con sus
baches, sus letreros, sus bifurcaciones y su paisaje. Muchas veces pasó por el
mismo sitio sin detenerse jamás.
Y así, cada kilómetro se convirtió en una meditación. La cabina
era su templo, su cárcel y su espejo. El silencio del mundo le devolvía una
certeza inquietante: que la eternidad no es plenitud, sino repetición. La
carretera se convirtió en símbolo de su vacío: movimiento perpetuo, un viaje
que no era vida, sino condena.
Se preguntó si su situación era castigo o error. Tal vez la
vida lo había olvidado, tal vez la muerte lo había rechazado. En ese limbo, lo
único real era la pregunta misma: ¿Qué queda de un hombre cuando su viaje no
tiene fin?”
Agotado, se sintió expulsado de la vida y no aceptado por la
muerte; solo, aferrado a una esperanza diminuta, buscó el descanso. Ya no
quería rodar eternamente. Quería detenerse, su esperanza era salir del sueño,
volver a la vida que intuía lejana y ajena; salir de esa pesadilla de
reiteraciones; en aquel momento, la muerte, antes negada, apareció como
posibilidad de liberación. En ciertos instantes de lucidez, el motor se apagaba
y la carretera se disolvía bajo sus ruedas; en la bóveda celeste, las estrellas
se extinguían y le llegaba una oscuridad acogedora, tal si la redención
estuviera cerca.
Desesperadamente necesitaba saber su destino verdadero.
¿Rodar eternamente, condenado a la repetición? ¿O desvanecerse al fin,
aceptando la muerte como epilogo? La carretera no respondió. Solo le devolvió
la inquietud, la misma que acompaña a todo ser humano: vivir es avanzar sin
certeza, preguntando siempre, en cada instante, ¿qué soy?...
Nunca sabremos si la muerte lo acogió en su reino o la vida
lo reclamó para sí, o tal vez, siga rodando eternamente; Aunque, a veces,
cuando me detengo en las posadas y converso con otros choferes, algunos me han relatado
que en ciertas ocasiones se han cruzado con un vehículo de forma difusa y color indefinido, casi
inmaterial y que han sentido un desasosiego extraño y una presencia turbadora
que algunos describían como si una ola
de desesperanza inundara de desaliento sus corazones, lo que a menudo atribuían
al ambiente monótono de la carretera. Otros, sentían un irrefrenable deseo de
llegar a casa y otros profundamente desanimados, presas de un cansancio existencial
más que físico, se detenían más adelante y abrazados al volante caían en
sollozos. Para aquellos pocos que lograban vislumbrar el vehículo en la
penumbra, la visión era como mirar un espejo opaco, sin reflejo, una
manifestación de la insondable profundidad de la nada que los dejaba
anonadados.