sábado, agosto 16, 2025

El abismo

 


Es tarde, comienza a anochecer, las nubes se oscurecen y el viento sopla con fuerza cual mensajero adelantado de la tormenta. Adentro, la débil luz que proyecta mi lampara, permite apenas ver las paredes de la vieja casa; estoy en cama solo, viejo y enfermo.

Al rato: el infierno. El viento golpea con furia, haciendo que cada esquina de mi desvencijada casa cruja como si estuviera a punto de desmoronarse. La lluvia se filtra por las grietas del techo, formando pequeños ríos en el suelo de madera desgastada. Afuera, el mar embravecido aúlla como lobos furiosos; me siento atrapado, como si el mar, amenazante y voraz, pudiera reclamarlo todo: mi hogar, mi esperanza, mi propia existencia.

De pronto, una puerta se abre, una ráfaga de aire, fría e intensa ingresó por ella; la puerta se agitó con fuerza, el viento pareció inflar la casa, y mi cama, donde me encontraba postrado, Pareció que levitaba.

Sentí cómo mi cuerpo se paralizaba. No era solo miedo; era un extraño vacío. Como si el viento, la lluvia y el frio quisieran penetrar en mi alma.  Como si todo ese caos hiciera una amalgama con mis sentimientos, y de esa mezcla naciera en Mi mente, febril y caótica, la idea del fin.

Un abismo inmenso se abre ante mis ojos, el vértigo angustiante y terrorífico, el mismo de Poe, el fin del mundo, todo cayendo en ese acantilado de desesperanza.

La tormenta parecía no tener fin, y el caos en mi mente se mezclaba con el estruendo del viento y el mar. Entonces, en medio de esa espiral de desesperanza, algo ocurrió. Entre las sombras proyectadas por la débil lámpara y el canto airado del viento, vi una figura. No era sólida, era más bien etérea, como una silueta formada por la misma tormenta que arreciaba afuera.

No se movía, pero parecía mirarme, evaluarme, como si fuera parte de un juicio que yo no entendía. En ese instante, sentí que el abismo ante mis ojos se transformaba. Ya no era solo desesperanza; era una puerta hacia algo desconocido, algo que estaba más allá de mi entendimiento.

Tal vez, esa figura era un reflejo de mí mismo, una manifestación de mis propias contradicciones. O tal vez, era algo más, algo que venía a buscarme. Me encontré incapaz de apartar la mirada, atrapado por esa presencia que parecía absorber cada pensamiento y cada sentimiento dentro de mí.

Me miro, y su mirada intensa e insondable, pareció una ventana para otear por un instante efímero el paisaje del averno.

Fugaz, en un intervalo brevísimo, atisbé en sus ojos el compendio de penas y sufrimientos del mundo entero, como si millones de almas se revolvieran en un catalizador gigante, todas angustiadas; enfermas de dolor, plenas de desesperanzas.

Con voz cavernosa, añeja y pretérita, como el tiempo mismo: A usted lo busco-me dijo.

No se si fue por el frio reinante o por temor, pero, un escalofrío subió por mi espalda. Debo decir que no me considero cobarde, sin embargo, la situación, la presencia desconcertante y aterradora de la silueta hizo que me inundara una ola de temor. Guardé silencio, anonadado, fui incapaz de articular palabra.

-Debo llevármelo, me dijo.

Entonces, como si se resignara a seguir un edicto inexorable, pareció emitir una fuerza incontrarrestable y sentí como si un imán gigante tirara de mí; me obligo a seguirlo. Aterido, sin voluntad y sin fuerzas, vencido por esa tracción, marché tras de sí; como un prisionero engrillado, sucumbiendo al peso de sus grilletes.

Caminamos en silencio rumbo al mar tronante y caótico; yo, como un perro hambriento, sin fuerza; pero con la esperanza de recibir una migaja de clemencia seguía sus pasos. Y como si fuese el mismo Moisés que diese la orden, las aguas tormentosas parecieron abrirse, y un camino pedregoso apareció frente a nosotros; a unos metros mas adelante, ya no había camino, ¡el mismo abismo vislumbrado en mi caótica pesadilla se abría ante nosotros ¡

Al acercarme a sus contornos, vi la profundidad del despeñadero, y en un instante me pareció que mi alma se abría y se confundía con el abismo. Implacable, la fuerza me hizo caer en él. Con un grito de pavor, manoteando desesperadamente intento agarrarme a algún sostén inexistente, veo la figura que levita ante mis ojos y se aleja. Siento que me ha soltado, me ha liberado. Y de súbito, fue como si alguien detuviera la caída, comencé a moverme como una pluma cae de una torre con un movimiento ondulado y suave, me sentí flotar como un niño acurrucado en los brazos de su madre. Un sentimiento similar a la alegría me inundó y me sentí feliz; lloré al sentir el calor de la felicidad. Y en mi afiebrado cerebro volví a ser el niño incontaminado, bañado de infancia, repleto de sueños. Sin embargo, más abajo del fondo del abismo, en las profundidades de mi alma, vaga una nube de incomodidad, que comienza a crecer y a cada instante se torna más gris, y ya es una nube plena de agua teñida del negro de mis pecados que todo lo envenena y oscurece el horizonte de mis días y ya no atisbo el mañana.

Y siento que la alegría que me inunda se repliega, se desvanece como se disipa el humo tras la brisa y concibo que ya no hay esperanza para mí. Ya no hay luz, solo la nube oscura. Y lento al principio, pero, acelerando a cada instante caigo hacia lo profundo del averno.

Y en ese instante, cuando la caída se torna incontenible, siento que una voz, nacida en algún recóndito lugar de la memoria, me llama. No es un grito, ni una orden. Es un susurro antiguo, como si alguien, en alguna estación olvidada de mi pasado, pronunciara mi nombre con ternura. Una voz que no exige, sino que recuerda. Que no arrastra, sino que sostiene.

Esa voz resuena en mi interior como un eco que no pertenece al abismo, sino a la infancia. A ese tiempo incontaminado donde aún no había forma, ni juicio, ni caída. Me sustenta. Me devuelve la esperanza. Dejo de mirar la oscuridad del foso y miro hacia arriba. Allá, en lo alto, en un punto luminoso, se vislumbra un trozo de cielo azul.

No sé si es real. No sé si es una ilusión nacida del deseo de no sucumbir. Pero ese fragmento de cielo, ese azul mínimo, se convierte en mi forma. En mi resistencia. En mi gesto último. Y aunque el abismo aún me reclama, aunque la hostilidad del medio aún me presiona, algo en mí se rehúsa a disolverse del todo.

Tal vez no sea libertad. Tal vez sea solo una forma de recordar. Pero en ese recuerdo, en esa voz, en ese azul, hay algo que no ha sido vencido.


martes, agosto 12, 2025

Estacion

 

Las estaciones son los lugares en los que Crono se detiene a descansar.

Tienen el aspecto de una siesta estival.
Olor a pretérito.
Pasado remoto en su quietud absorta.
Sombras de errantes pasajeros extraviados en el tiempo.

En sus muros están inscritos sueños de pasajeros volátiles.
En sus pisos, huellas de baúles de ilusiones.
En su atmósfera, un aire de tristeza.

Manos que se agitan en un adiós perpetuo.
Miradas que atraviesan las lágrimas de los que se alejan.

Las banquetas, cansada
s de soportar desilusiones

tienen un aire abatido

Recuerdan  susurros de mentirosas promesas

Cargan el peso impaciente de la espera inútil

 

La ontología de la espera: el animal que me recibe


Epígrafe:
“Si no hay nadie que te espere, tu derecho a decir yo existo, tambalea.” —


Ser esperado: la afirmación silenciosa del yo

Hay gestos que sostienen la existencia sin palabras. Ser esperado es uno de ellos. No por cortesía ni por deber, sino por afecto. Ser esperado es ser reconocido en la ausencia, es tener un lugar que se prepara para tu llegada. En ese gesto mínimo —la espera— se juega una afirmación ontológica: alguien me espera, por tanto, existo.

Cuando no hay nadie que aguarde tu regreso, el mundo se vuelve plano, indiferente. La puerta que se abre no tiene eco. El yo, sin testigo, se tambalea. Es ahí donde la mascota aparece no como simple compañía, sino como garante afectivo de la existencia.

La recepción: ritual doméstico de reconocimiento

El animal que corre hacia la puerta, que maúlla desde la ventana, que mueve la cola al escuchar tus pasos, no está haciendo un acto de cortesía. Está reinstalando el vínculo. Está diciendo, sin palabras: tu presencia tiene sentido para mí.

Ese ritual doméstico —la recepción— es una ceremonia silenciosa que sostiene al sujeto en el mundo. No importa si el día fue exitoso o miserable: hay alguien que te espera. Y ese alguien, aunque no humano, te devuelve al centro de tu propia historia.

La mascota como escudo contra la hostilidad

Las mascotas no llenan un vacío: lo hacen habitable. No reemplazan vínculos humanos, pero sostienen el yo cuando los vínculos humanos fallan. Son testigos sin juicio, presencias sin exigencia, afectos sin regaños.

En el caso del soltero que cría gatos, no hay sustitución de hijos, sino reafirmación del derecho a cuidar, a ser útil, a estar presente. El acto de alimentar, de nombrar, de esperar junto al animal, es una forma de decir: aún estoy aquí, aún merezco estar.

El animal que me recibe

Tal vez no sea exagerado decir que la mascota es el escudo contra la hostilidad estructural. En un mundo que exige logros, validaciones, contratos, el animal que te espera en casa te devuelve a lo esencial: el derecho a ser sin tener que demostrar.

Y así, cada vez que la puerta se abre y hay alguien —aunque sea un gato silencioso o un perro inquieto— que te recibe, el yo se afirma. No por lo que ha hecho, sino por lo que significa.
Porque si no hay nadie que te espere, tu derecho a decir yo existo, tambalea.

La memoria que espera

La espera de las mascotas no es solo una rutina doméstica. Es una recreación silenciosa del retorno a casa, del abrazo de los hijos, del saludo amable de la esposa, de la voz que decía “ya llegaste”. Esa espera le daba sentido a tu existencia. Quienes te esperaban eran los motivos que te hacían resistir. Persistir.

Cuando ya no están —porque se han ido, porque la vida los ha desplazado o la muerte los ha llevado—, las mascotas devuelven ese sentido, aunque no sea del todo consciente. No reemplazan, pero reinstalan el gesto. Te esperan. Y en esa espera, te dan el valor para seguir reafirmándote, para seguir diciendo “yo estoy aquí”, aunque el mundo ya no lo celebre.

La mascota, entonces, no es solo compañía: es memoria afectiva, es eco del amor que alguna vez te sostuvo, es testigo de tu persistencia.