domingo, enero 04, 2026

El Rio y la hoja

 

El tiempo,
cual río que escurre.

Y yo,
como la hoja en sus aguas.

Y allá,
cuando el río se disuelva
en las saladas aguas del mar,

la hoja sigue siendo hoja,
y el río
ya no está.

El paso de los años

 

Entonces desperté, y ya era viejo. 

El calendario perdió sus hojas, 

la clepsamia, su arena, 

y el tiempo se escapó 

por una grieta invisible. 

 

Guardé la vida en el ático, 

donde caben todos los instantes. 

Amontonados quedaron: 

el pasado lejano 

y el momento reciente. 

 

¿Habré sido siempre viejo? 

Como el reloj que marca el presente, 

así es la vida: solo el ahora. 

Es un instante fugaz, 

en que el presente se vuelve recuerdo. 

El futuro no existe. 

El pasado ya no está. 

 

Siempre he estado aquí, 

he sido el mismo. 

Los años 

solo agregaron cansancio, 

acortaron los pasos, 

pusieron peso sobre mis hombros. 

 

¿O tal vez soy otro, 

y el que fui está ahí? 

A veces, un niño escondido 

en el rincón oscuro del altillo, 

donde guardo mi vida, 

me sonríe… 

lunes, agosto 25, 2025

La muerte oriental


 


1.-

En un Rincón ignorado

en las riberas del gran Yangtsé

Del plato del hambriento

emerge como una maldición.

Le ocultan los poderosos

porque ensucia sus límpidas caretas

Le acogen los miserables,

los eternos condenados.

A través de sus inspiraciones los matas

sus suspiros le trasladan y le multiplican.

 

Viene del oriente informan los científicos

Es un átomo de muerte, dicen los biólogos

Y ya es una mancha que crece y aterra.

A su paso gimen las mujeres,

lloran los jóvenes a sus muertos

 

Los estadísticos colorean sus mapas

para mostrarnos donde anida, crece y mata.

Los burócratas cuentan los cadáveres

nos muestran gráficos y planillas

Los médicos lloran sus impotencias

Los mandatarios ordenan

 a los pueblos encerrarse

tal se encerró el pueblo de Israel

para evitar la furia de Yahvé

 

Se detienen las ciudades,

el ruido de las fábricas cesa,

Se cierran las puertas,

se separan los hombres

ya no se estrechan las manos

el abrazo se vuelve desalentado

y se abre un foso de desconfianza

 

 

Como Próspero, príncipe que habita

en la mente de un delirante

Que ante la Peste roja

se encierra en su gran castillo.

Así, ateridos, angustiados,

los hombres se recogen

la casa que acogía

ahora es una celda que constriñe

Tras los cristales contemplan

 las calles desoladas

 

2.-

Y en el silencio impuesto por la peste,

 el tiempo se deshace como pan viejo.
Ya no hay horas, hay esperas.
Ya no hay días, hay cifras.
Los relojes se tornan cómplices del encierro,
marcando no el paso, sino la repetición.

Los niños aprenden a temer el aire,
los ancianos a desconfiar del tacto.
El amor se vuelve sospechoso,
la cercanía, delito.

En las pantallas, los rostros se pixelan,
y la voz del otro llega como eco sin cuerpo.

El tedio se vuelve fila

Las compras una espera

El viaje un salvoconducto
Los muertos ya no se entierran con duelo,

sino con protocolos.



Y los vivos,
con mascarillas y guantes,
aprenden a mirar sin ver,

a guardar distancia
a hablar sin decir,
a vivir sin tocar.

Pero en los rincones,
donde la estadística no llega,
donde el mapa no colorea,
una mujer canta a sus muertos,
un perro espera a su amo,
un niño dibuja un sol en la ventana.

Y allí,
en lo mínimo, en lo que no se enumera,
el amor resiste; la esperanza vive

Las horas pasan; la vida sigue